¿Cuánto va a durar ésto?

En el pasado el diseño de producto perseguía la calidad porque la calidad convertía los productos en rentables. Detrás de una buena marca había un diseño eficiente, funcional y fiable que podía durar toda una vida. En ese tiempo el uso confería una “personalidad” al objeto que hacía que casi le cogiéramos cariño. Era la era del producto y las agencias de publicidad y sus creativos basaban las campañas en características de dichos productos. Pero las cosas cambiaron pronto.


Hacia 1930 un ingeniero de la General Electric sugirió que la venta de bombillas aumentaría si disminuía su vida útil. El ingeniero acertó y las nuevas consignas tardaron poco en trasladarse a la mesa de todos los diseñadores; había que reducir el ciclo de vida de los productos, diseñando cosas más atractivas e incluso más útiles pero menos duraderas.A mediados de siglo ya era una práctica extendida. Había nacido la obsolescencia o el arte de hacer que las cosas duren poco y que además no nos demos cuenta. Como colaba empezaron a explorarse nuevas formas de justificar la “muerte prematura” de los productos. Lo llamaron obsolescencia planificada, o percibida, técnica, funcional, o de estilo…


Comenzaba la era de la imagen que nos llevó a consumir productos de temporada de forma compulsiva y emocional. A base de repetición la publicidad invirtió la lógica y nos convenció que el producto es el que confiere personalidad al consumidor. La idea era redonda estimularía el consumo y además a largo plazo permitiría a las empresas posicionarse de mil maneras en un mercado cada vez más concurrido. Poco a poco fuimos programados para demandar diferenciación y para buscar la última actualización.Y así empezamos a adquirir hábitos y productos impensables; los vaqueros pre-gastados, el móvil de temporada, la ropa que no es cara pero que no dura nada, los reclamos promocionales de los centros comerciales, los envases individuales, los paquetes de lujo, los parachoques cromados, las piezas huérfanas sin recambio y el mejor tirar que arreglar.Los “imperativos del crecimiento” crearon un sistema muy rentable pero incompatible con los imperativos medioambientales porque mientras la durabilidad y el precio de los productos caía y su coste ambiental se multiplicaba. Precisamente el reto de la sostenibilidad consiste en conciliar ambos imperativos. ¿Pero cómo?


Diseñando con mayor conciencia ambiental (desde los parámetros del eco-diseño) podemos optimizar el uso de materiales, minimizar el consumo energético y alargar el ciclo de vida de los productos y en un tiempo relativamente corto podríamos reducir nuestro impacto ambiental.
Posiblemente la solución sea sólo cuestión de tiempo. ¿Pero cuanto?


Seguramente no habrá cambio hasta que exista una demanda social rotunda, una masa crítica que genere un consumo responsable y motive la aparición de productos igualmente responsables en el mercado. La responsabilidad es nuestra, porque el político no quiere o no suele o no puede involucrarse, ni hablar del fabricante, así que no hay atajos; para ser sostenibles tenemos que convertir nosotros esas preocupaciones en comunes para que políticos y fabricantes se hagan eco de la demanda. Será un esfuerzo generacional y colectivo, pero para empezar bastaría con que cada consumidor, o mejor dicho, cada ciudadano se posicione y se haga una simple pregunta a la hora de comprar:


¿Cuánto va a durar esto?

  1. Diego Soroa

    El VIDEO DE ACT NOW!

  2. Diego Soroa

    Adjunto un link sobre un nuevo producto que deja atras la obsolescencia.

    Nuestro intrépido protagonista se llama Modu y espera poner patas arriba los bolsillos de nuestras chaquetas y pantalones con un nuevo terminal que rompe con todo lo políticamente correcto en el mundo de la telefonía.

    La Marca ‘Modu’ viene de ‘modular’. La razón del nombre es que se trata de un móvil que se vende como un Lego: cuenta con una parte central que hace de corazón y que costará en torno a los 200 dólares, y una serie de ‘jackets’ que podríamos traducir por carcasas y que aportan diversas funcionalidades al núcleo central en función de las necesidades de cada usuario. Hay carcasas que convertirán a Modu en una consola, otras en un marco digital y suponemos que el mercado no tardará en ofrecer múltiples opciones para satisfacer las diferentes y variopintas voluntades de los caprichosos usuarios. Todo, por descontado, con el objetivo de conseguir sustraer dinero de forma regular y a poder ser en grandes cantidades de su cartera, en concreto cerca de mil millones de dólares de cara a 2011. No está mal para tratarse de una start-up que no ha nacido en Silicon Valley.

    ¿Por qué será revolucionario Modu? Porque ha logrado romper la barrera de los conceptos: no ha fabricado un móvil sino una herramienta que responde a las necesidades que puedan ir surgiendo con el paso del tiempo y dependiendo de los usuarios. En definitiva, ha transgredido las normas no escritas que definen lo que tenemos en los bolsillos. Por ponerlo más claro, un iPhone, una Storm o un Nokia de alta gama hacen mucho más que la función de móvil y, de hecho, alguno de estos terminales brillan más como reproductores multimedia e incluso consolas que como teléfonos, pero siempre los consideraremos ‘móviles’. Con Modu, sin embargo, uno ya no se compra un móvil sino un dispositivo transformista que camaleónicamente (y pasando por caja previamente) renace como el Ave Fénix en un nuevo terminal totalmente diferente a lo que teníamos en origen.

    No sólo en sus múltiples personalidades radica su magia. Modu es además tremendamente complementario y se adapta, como puede verse en el vídeo teaser, a cualquier dispositivo en un abrir y cerrar de ojos. Es sencillo y eso supone una gran ventaja en un mercado cada vez más inundado de terminales. Aunque su puesta de largo oficial fue en el Mobile World Congress del año pasado en Barcelona, se rumorea que por fin se oficialice la comercialización durante el vigente certamen, también en la ciudad condal.




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